sábado, 7 de enero de 2012

Darse cuenta







Me levanto una mañana,
salgo de mi casa,
hay un pozo en la vereda,
no lo veo, 
y me caigo en él.

Día siguiente...
salgo de mi casa, 
me olvido que hay un pozo en la vereda, 
y vuelvo a caer en él.

Tercer día,
salgo de mi casa tratando de acordarme
que hay un pozo en la vereda,
sin embargo no lo recuerdo, y caigo en él.

Cuarto día,
salgo de mi casa tratando de acordarme
del pozo en la vereda,
lo recuerdo,
y a pesar de eso,
no veo el pozo y caigo en él.

Quinto día,
salgo de mi casa, 
recuerdo que tengo que tener presente
el pozo en la vereda
y camino mirando al piso,
y lo veo
y a pesar de verlo, caigo en él.

Sexto día, 
salgo de mi casa,
recuerdo el pozo en la vereda,
voy buscándolo con la vista,
lo veo,
intento saltarlo, pero caigo en él.

Séptimo día,
salgo de mi casa
veo el pozo,
tomo carrera,
salto,
rozo con las puntas de mis pies 
el borde del otro lado,
pero no es suficiente y caigo e él.

Octavo día,
salgo de mi casa,
veo el pozo,
tomo carrera,
salto,
llego al otro lado!

Me siento tan orgulloso 
de haberlo conseguido,
que festejo dando saltos de alegría...
y al hacerlo,
caigo otra vez en el pozo.

Noveno día,
salgo de mi casa,
veo el pozo,
tomo carrera,
lo salto,
y sigo mi camino.

Décimo día
me doy cuenta
recién hoy
que es más cómodo caminar 
por la vereda de enfrente.

Jorge Bucay


viernes, 6 de enero de 2012

El buscador, de Jorge Bucay



EL BUSCADOR (Jorge. BUCAY)



Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como un buscador...

Un buscador es alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra.

Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando, es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. El había aprendido a hacer caso riguroso a estas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así dejó todo y partió.

Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó, a lo lejos, Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó mucho la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras; la rodeaba por ocmpleto una especie de valla pequeña de madera lustrada.

... Una portezuela de bronce invitaba a entrar.

De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar.

El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles.

Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso multicolor.

Sus ojos eran los de un buscador, y quizás por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción:

Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días.

Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar.

Mirando a su alrededor el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Se acercó a leerla, decía:

Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas.

El buscador se sintió terriblemente conmocionado.

Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba.

Una por una, empezó a leer las lápidas.

Todas tenían inscripciones similares, un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.

Pero lo que lo conectó con el espanto, fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los 11 años...

Embargado por un dolor terrible se sentó y se puso a llorar.

El cuidador del cementerio, pasaba por ahí y se acercó.

Lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

- No, ningún familiar - dijo el buscador - ¿qué pasa con este pueblo?, ¿qué cosa tan terrible hay en esta ciudad?. ¿por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar?, ¿cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que los ha obligado a construir un cementerio de chicos?.

El anciano se sonrió y dijo:

- Puede Ud. serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré...

Cuando un joven cumple 15 años sus padres le regalan una libreta, como ésta que tengo aquí, colgado al cuello.

Y es tradición entre nosotros que a partir de allí,, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anota en ella: a la izquierda, qué fue lo disfrutado... a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.

Conoció a su novia, y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?, ¿una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media? ...

Y después ... la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿el minuto y medio del beso?, ¿dos días?, ¿una semana? ...

¿Y el embarazo o el nacimiento de su primer hijo ... ?

¿Y el casamiento de los amigos ... ?

¿Y el viaje más deseado ... ?

¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano ... ?

¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones?.... ¿horas?, ¿días? ...

Así vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos.... cada momento.

Cuando alguien muere, es nuestra costumbre, abrir su libreta y sumar el tiempo de los disfrutado, para escribirlo sobre su tumba, porque ESE es, para nosotros, el único y verdadero tiempo VIVIDO .


jueves, 5 de enero de 2012

Obstáculos



Voy andando por un sendero. Dejo que mis pies me lleven. Mis ojos se posan en los árboles, en los pájaros, en las piedras. En el horizonte se recorte la silueta de una ciudad. Agudizo la mirada para distinguirla bien. Siento que la ciudad me atrae.

Sin saber cómo, me doy cuenta de que en esta ciudad puedo encontrar todo lo que deseo. Todas mis metas, mis objetivos y mis logros. Mis ambiciones y mis sueños están en esta ciudad. Lo que quiero conseguir, lo que necesito, lo que más me gustaría ser, aquello a lo cual aspiro, o que intento, por lo que trabajo, lo que siempre ambicioné, aquello que sería el mayor de mis éxitos. 

Me imagino que todo eso está en esa ciudad. Sin dudar, empiezo a caminar hacia ella. A poco de andar, el sendero se hace cuesta arriba. Me canso un poco, pero no me importa. Sigo. Diviso una sombra negra, más adelante, en el camino. Al acercarme, veo que una enorme zanja me impide mi paso. Temo... dudo. 

Me enoja que mi meta no pueda conseguirse fácilmente. De todas maneras decido saltar la zanja. Retrocedo, tomo impulso y salto... 

Consigo pasarla. Me repongo y sigo caminando. Unos metros más adelante, aparece otra zanja. Vuelvo a tomar carrera y también la salto. Corro hacia la ciudad: el camino parece despejado. Me sorprende un abismo que detiene mi camino. Me detengo. Imposible saltarlo. 

Veo que a un costado hay maderas, clavos y herramientas. Me doy cuenta de que está allí para construir un puente. Nunca he sido hábil con mis manos... Pienso en renunciar. Miro la meta que deseo... y resisto. 

Empiezo a construir el puente. Pasan horas, o días, o meses. El puente está hecho. Emocionado, lo cruzo. Y al llegar al otro lado... descubro el muro. Un gigantesco muro frío y húmedo rodea la ciudad de mis sueños... 

Me siento abatido... Busco la manera de esquivarlo. No hay caso. Debo escalarlo. La ciudad está tan cerca... No dejaré que el muro impida mi paso. 

Me propongo trepar. Descanso unos minutos y tomo aire... De pronto veo, a un costado del camino un niño que me mira como si me conociera. Me sonríe con complicidad. 

Me recuerda a mí mismo... cuando era niño. 

Quizás por eso, me animo a expresar en voz alta mi queja: 

- ¿Por qué tantos obstáculos entre mi objetivo y yo? 

El niño se encoge de hombros y me contesta: 

-¿Por qué me lo preguntas a mí? 

Los obstáculos no estaban antes de que tú llegaras... Los obstáculos los trajiste tú.


miércoles, 4 de enero de 2012

Dios y el zapatero

Dios tomó forma de mendigo y bajó al pueblo, buscó la casa del zapatero y le dijo: Hermano, soy muy pobre, no tengo una sola moneda en la bolsa y éstas son mis únicas sandalias, están rotas, si tu me haces el favor.

El zapatero le dijo, estoy cansado de que todos vengan a pedir y nadie a dar.

El Señor le dijo, yo puedo darte lo que tú necesitas.

El zapatero desconfiado viendo un mendigo le preguntó. ¿Tú podrías darme el millón de dólares que necesito para ser feliz?

El Señor le dijo: yo puedo darte diez veces más que eso, pero a cambio de algo.

El zapatero preguntó ¿a cambió de qué?

A cambio de tus piernas.

El zapatero respondió: ¿para qué quiero diez millones de dólares si no puedo caminar?

Entonces el Señor le dijo: Bueno, puedo darte cien millones de dólares a cambio de tus brazos.

El zapatero respondió ¿para qué quiero yo cien millones de dólares si ni siquiera puedo comer solo?

Entonces el Señor le dijo:Bueno, puedo darte mil millones de dólares a cambio de tus ojos.

El zapatero pensó poco ¿para qué quiero mil millones de dólares si no voy a poder ver a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos?

Entonces el Señor le dijo: ¡ Ah, hermano! Qué fortuna tienes y no te das cuenta.

martes, 3 de enero de 2012

El fruto del sueño



Un día un sueño se decidió germinar y salir a la luz del sol. Con tan solo dar el primer bostezo se encontró con un impedimento; la tierra. Esta no estaba muy húmeda y le costó abrirse paso hacia la superficie, cosa que logró luego de todo un día de lucha. Una vez que consiguió escaparse de las profundidades se encontró con que no había sol, todo estaba muy oscuro. Sólo una débil luna y unas cuantas estrellas iluminaban el cielo. Pero para su sorpresa un suave rocío lo empezó a refrescar dándole descanso y frescura.

Luego de unas horas empezó a divisar los primeros rayos del sol naciente. Pero para su sorpresa no era el único que crecía por allí, había muchas plantas muy grandes a su alrededor que también se despertaban y al erguirse le quitaban luz. Pero como el sol es bondadoso se posicionó bien en lo alto para darle luz a todos. Y así día a día el sueño iba creciendo, luchando contra otras plantas, insectos dañinos y animales angurrientos que se lo querían comer. Pero no pasó mucho tiempo sin que tomase un tamaño considerable, ya tenía sus raíces fuertes y profundas en la tierra. Pero surgió un problema, empezó a sentir una sensación extraña, le faltaban fuerzas. Prontamente se dio cuenta de que necesitaba de la lluvia para poder seguir adelante. Quiso el destino o quien sabe quién que caiga un suave y refrescante aguacero de verano.

Y así los días transcurrieron, se hizo grande, dio flores y luego los mejores frutos de la zona. Los chicos de la zona venían hacia el para comer de su deliciosa fruta. Y así permaneció para siempre y mientras el sol, la lluvia y la tierra permanezcan y lo más importante, mientras haya alguien que quiera comer de su delicioso fruto resultado de su enorme esfuerzo existirá.


lunes, 2 de enero de 2012

¿Cómo crecer?



Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se 
estaban muriendo.

El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino. Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa.

La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble. Entonces encontró una planta, una Fresia, floreciendo y más fresca que nunca. El rey preguntó:

- ¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?

- No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías 
fresias. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En 
aquel momento me dije: "Intentaré ser Fresia de la mejor manera que pueda".

Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mírate a vos mismo. No hay posibilidad de que seas otra persona. Podes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por ti, o puedes marchitarte en tu propia condena...


domingo, 1 de enero de 2012

El Poder de la Oración



Un escultor estaba cincelando de rodillas las piernas de una estatua cuando un predicador pasó al lado de él. Al ver como el artista asestaba certeros golpes al cincel moldeando la figura, el predicador le dijo:

- Me gustaría poder dar esos golpes transformadores en los corazones de los hombres.

El escultor paró por unos instantes su trabajo y mirando al predicador dijo:

-Quizás puedas hacerlo si trabajas como yo: de rodillas.