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sábado, 25 de agosto de 2012

Los cuatro monjes




Cuatro monjes se retiraron a un monasterio, en la cima de una alejada
montañ a, para llevar a cabo un entrenamiento espiritual intensivo. Se 
establecieron en sus celdas y pidieron que nadie les molestase a lo 
largo de los siete días de retiro. 

Se autoimpusieron el voto de silencio 
durante esas jornadas. Bajo ningún concepto despegarían los labios.

Un novicio les serviría esos días como asistente.

Llegó la primera noche y los cuatro monjes acudieron al santuario a 
meditar. El silencio era impresionante. Ardían vacilantes las lamparillas 
de manteca de yak. Olía a incienso. Los monjes se sentaron en 
meditación, Transcurrieron dos horas y de repente pareció que una de 
las lamparillas iba a apagarse. 

Uno de los monjes, dirigiéndose al 
asistente, dijo:

- Estate atento, muchachito, no vayas a dejar que la lamparilla 
se apague.

Entonces uno de los otros tres monjes le llamó la atención:

- No olvides que no hay que hablar durante siete días y menos 
en la sala de meditación.

Indignado, otro de los monjes - dijo:

- ¡Parece mentira! ¿No recordáis que habéis hecho voto de 
silencio?

Entonces el cuarto monje miró recriminatoriamente a sus compañeros 
y exclamó:

- ¡Qué lástima! Soy el único que observa el voto de silencio.

Y es que, señores, no hay peor embuste que el del autoengaño y, 
además, siempre vemos la paja en el ojo ajeno y no apreciamos la 
viga en el propio.


miércoles, 13 de abril de 2011

Los dos amigos





Dos amigos emprendieron una excursión. Al llegar la noche se echaron a dormir uno al lado del otro. Uno de ellos soñó que habían tomado un barco y habían naufragado en una isla. 


Al despertar, comenzó a preguntarle a su compañero si recordaba la travesía, el barco y la isla. Se quedó atónito cuando el amigo le explicó que él no había tenido el mismo sueño. 


No podía creerlo. Pero ¡si era un sueño increíble! Se negaba a aceptar que el amigo no recordara la travesía, el barco y la isla. 


El Maestro dice: 


La persona común, 
atrapada en la cárcel de su ego, 
proyecta sobre los otros sus propios autoengaños.