Mostrando entradas con la etiqueta concentración. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta concentración. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de enero de 2016

La ceremonia del te.



 
Una vez, un maestro de la ceremonia del té, en el viejo Japón, accidentalmente ofendió a un soldado. Se disculpó rápidamente, pero el impetuoso soldado exigió que el asunto fuera resuelto en un duelo de espada.

El maestro del té, que no tenía experiencia con las espadas, pidió consejo a un amigo maestro de Zen quien sí tenía la habilidad. Mientras su amigo le servia, el espadachín Zen que no lo podía ayudar, notó cómo el maestro del té realizaba su arte con perfecta concentración y tranquilidad. “Mañana”, dijo el espadachín Zen, “cuando se enfrente al soldado, sostenga la espada sobre su cabeza, como si estuviera listo para embestir, y dele la cara con la misma concentración y tranquilidad con las cuales usted realiza la ceremonia del té”.

Al día siguiente, a la hora y lugar acordados para el duelo, el maestro del té siguió este consejo. El soldado, alistándose para atacar, miró fijamente durante largo tiempo la cara completamente atenta pero tranquila del maestro del té. Finalmente, el soldado bajó su espada, se disculpó por su arrogancia, y se fue sin que un solo golpe fuera dado.

viernes, 18 de mayo de 2012

Un extraño animal



Un leñador estaba trabajando duramente en unas remotas montañas, cuando apareció un extraño animal que nunca antes había visto.

—Ah —dijo el animal—, nunca antes habías visto algo como yo.

Al leñador le sorprendió muchísimo oír hablar al animal.

—Y estás asombrado de que pueda hablar…

Al leñador también le sorprendió que la bestia supiera sus pensamientos.

—Y de que sepa lo que estás pensando —continuó el animal.

Viendo el animal, al leñador le dieron ganas de atraparlo y llevárselo a su hogar.

—¿Así que quieres capturarme vivo, cierto?

Y si no, quizá podría darle un hachazo y después llevárselo a su hogar.

—Y ahora quieres matarme —dijo el animal.

El leñador se dio cuenta que no podría hacerle nada, puesto que la bestia siempre sabía lo que él pensaba hacer. Así pues, regresó al trabajo, decidido en ignorar al animal.

—Y ahora —dijo— me abandonas.

Apenas pudo trabajar, el leñador se descubrió pensando a menudo en el animal que estaba allí, y la bestia siempre hacía un comentario de acuerdo a lo que pensaba. Deseó que se alejara, y al final le pidió que lo dejara tranquilo.

Aparentemente el animal no deseaba irse. Estaba parado allí, cerca de él, leyendo todos sus pensamientos y no parecía tener buenas intenciones.

Finalmente, no sabiendo qué más hacer, el leñador se resignó, tomó su hacha otra vez, determinado a no prestar más atención a este extraño animal. Y prosiguió, sin nada más en la mente, con el corte de los árboles.

Mientras él trabajaba así, sin pensamientos en su cabeza excepto el hacha y el árbol, la cabeza del hacha voló del mango y dio muerte al animal.

Extraído del libro Zen Inklings, de Donald Richie.

sábado, 29 de octubre de 2011

El arte de la espada








Dice la historia que aquel hombre comprendió en un momento dado que su camino seria aprender el arte de la espada. Era época del samurai y aquel hombre supo que necesitaba un maestro. Así de claro, se digirió a cierta montaña en particular donde vivía retirado un célebre maestro en el arte de la espada. Su idea era ser aceptado como discípulo.
El maestro vivía en una cabaña rodeado de naturaleza y en armonía con su entorno. El aspirante a discípulo llego y luego de las presentaciones del caso, le propuso al maestro que le tomara bajo su tutela. Luego de meditarlo el maestro aceptó, y como era costumbre en la época y lugar, pasó a vivir con el maestro.
Así, pronto se vio involucrado en tareas de diverso tipo. Cortar la leña, limpiar la casa y repararla, lavar la ropa y todo tipo de tareas similares. Cada día tenía varias tareas que cumplir. Esto era natural y esperado. Pero pasaba el tiempo y el pupilo esperaba iniciar su aprendizaje con la espada, pero el maestro nada decía y no era adecuado pedir nada, había que esperar.
La ansiedad del alumno crecía, hasta que llegado el año de convivencia, se armó de coraje y le habló al maestro diciendo:
- Maestro, hace un año que estoy con usted, hago todo tipo de tareas, barro, reparo, lavo, pero aun no he tocado siquiera una espada. ¿Cuándo comenzará mi entrenamiento?
El maestro lo miró detenidamente, pareció reflexionar un instante, y luego dijo:
- Esta bien, mañana mismo empezamos
Gran alegría sintió el alumno, al fin empezaría el trabajo con la espada! Ninguna otra cosa deseaba él.
Al otro día, y cuando estaba en el río lavando ropa, de la nada apareció el maestro y le dio un golpe fuerte en la espalda con el plano de la espada. Revolcándose de dolor el discípulo cae al piso mientras ve al maestro retirarse muy tranquilamente sin dar una explicación de su conducta. No era posible preguntar ni quejarse, estas eran las costumbres muy orientales de la época.
Pasaron las horas y el discípulo estaba cortando leña cuando otra vez y de la nada apareció el maestro, de nuevo le regaló terrible golpe con el plano de la espada sobre su espalda. Lo dejo adolorido y perplejo, y se fue. El discípulo no entendía nada, pero no tenia mas que aceptar esa situación.
Así fueron pasando los días. El discípulo puesto en sus tareas, era cada tanto sorprendido por el maestro y eso significaba un sablazo en la espalda. Empezó a estar mas alerta. Cortaba leña, pero atento y pleno en su presente. Pero el maestro tenía un don especial y se las arreglaba para asestarle su golpe. Si el se entregaba a ensoñaciones, si se distraía con alguna forma de dispersión mental, el maestro aparecía con su temible sable y su espalda recibía el castigo.
Poco a poco las cosas mejoraron. Cada vez mas alerta y pleno en el presente, el maestro ya casi no podía sorprenderlo. Y así llego un día en el que no importando lo que hiciera, el estaba plenamente presente y alerta. Ese día el maestro ya no podía acercase sin que lo “sintiera“. No podía ser sorprendido. Vivía pleno en el presente, libre de ensoñaciones, su radio de atención había crecido enormemente.
Entonces, ese maravilloso día, el maestro se le acercó y le dijo: ahora si estas pronto para aprender el arte de la espada…

martes, 31 de mayo de 2011

La cuchara




Un estudiante de zen se quejaba de que no podía meditar: sus pensamientos no se lo permitían. Habló de esto con su maestro diciéndole: "Maestro, los pensamientos y las imágenes mentales no me dejan meditar; cuando se van unos segundos, luego vuelven con más fuerza. No puedo meditar. No me dejan en paz". 

El maestro le dijo que esto dependía de él mismo y que dejara de cavilar. 

No obstante, el estudiante seguía lamentándose de que los pensamientos no le dejaban en paz y que su mente estaba confusa. Cada vez que intentaba concentrarse, todo un tren de pensamientos y reflexiones, a menudo inútiles y triviales, irrumpían en su cabeza.

El maestro entonces le dijo: "Bien. Aferra esa cuchara y tenla en tu mano. Ahora siéntate y medita". 

El discípulo obedeció. 

Al cabo de un rato el maestro le ordenó:"¡Deja la cuchara!". 

El alumno así hizo y la cuchara cayó obviamente al suelo. 

Miró a su maestro con estupor y éste le preguntó: "Entonces, ahora dime quién agarraba a quién, ¿tú a la cuchara, o la cuchara a ti?.