viernes, 12 de octubre de 2012

La tormenta



Nasrudín, como muchos otros “locos”, o simples de espíritu, se suele caracterizar por un comportamiento inesperado, que parece ilógico, insensato.

Así, lo vemos sentado en la parte trasera de una piragua que cruza mal que bien un brazo de mar. Los dos hombres que se encuentran delante reman con fuerza. Nasrudín no hace nada.

De repente estalla una violenta tempestad. Las olas sacuden peligrosamente la piragua. Los dos remeros luchan con todas sus fuerzas contra el mar, que a cada instante amenaza con hundir el frágil esquife.

Se vuelven para echar un vistazo a Nasrudín y ven que éste, en actitud muy extraña, coge agua del mar y la vierte en la piragua. Sorprendidos, gritan:

- Pero, ¿qué haces? ¿Estás loco? ¡Es justo lo contrario de lo que hay que hacer! ¿Por qué echas agua en la piragua?

- Mi madre siempre me ha dicho que hay que estar del lado del más fuerte – contesta Nasrudín.


jueves, 11 de octubre de 2012

El trono de los mil reyes



Un viajero pidió asilo en un lejano reino. La cámara real tenía mil sillas vacías alrededor del trono.

- Siéntate en la silla adecuada y dejaré que permanezcas en mi reino -, le dijo el monarca mientras se levantaba de su trono y abandonaba la estancia.

Cuando el rey entró de nuevo en la sala, observó que el joven viajero se había sentado en el trono.

- Excelente, chico -, dijo riendo alegremente. – Puedes quedarte.

miércoles, 10 de octubre de 2012

El paseo del rabino



Cuenta la tradición judía que un rabino sabio y buscador de Dios caminaba despacio en medio de la noche. Se encontró con un guardia que daba cortos paseos, adelante y atrás, ante el portón de una mansión señorial.

- ¿Para quién paseas tú? – le preguntó, curioso, el rabino.

El guardia dijo el nombre de su amo. Luego le preguntó al rabino:

- Y tú, ¿para quién caminas?

Esta pregunta se quedó grabada en el corazón del rabino. “Y tú, ¿para quién caminas? ¿Para quién son tus pasos? ¿Para quién vives? Sólo puedes vivir para alguien. A cada paso que des hoy, repite su nombre.”

martes, 9 de octubre de 2012

Las los niñas y la manzana



Érase una vez dos niñas que tenian que repartir una manzana en sí. Lo mejor que pudieron hacer fue partir la manzana a la mitad de tal manera que cada una se quedó con media manzana.

Cada niña se fue a su rincón a comer la manzana. Una de ellas utilizó el interior de la manzana para hacer un pastel y tiró la piel a la basura.

La otra niña se comió la piel y tiro a la basura la parte de dentro de la manzana a la basura.

Cada niña hizo lo que quiso en vez de negociar con la otra lo que podía ser mejor para cada una de ellas echando a perder así la parte de la manzana que la otra podía haber utilizado y que hubiera beneficiado a las dos.

Saber negociar consiste en hacer posible que todos ganen.

lunes, 8 de octubre de 2012

El árbol dorado



Había un árbol al que hombres y mujeres adoraban, desdeñando el culto que practicaba su pueblo. Un hombre, irritado por aquella idolatría, decidió cortar el árbol. Se presentó caída la noche con una pesada hacha, pero el diablo apareció en forma humana y le preguntó:

- ¿Qué vas a hacer con esa hacha?

- Voy a cortar el árbol.

- ¿Por qué?

- Porque hay hombres y mujeres que lo adoran, con lo que olvidan al verdadero Dios.

- ¿Qué te importa eso si tú no lo adoras? – le dijo el diablo.

- ¡Quiero cortarlo y lo voy a hacer! – contestó el hombre, levantando el hacha.

- ¡Espera! – gritó el diablo, colocándole una mano sobre el brazo -. ¿No preferirías, en lugar de cortar este árbol, hacer algo que te fuera útil?

- ¿Qué quieres decir? – preguntó el hombre un poco confundido.

- Mi propuesta no es un enigma. Si renuncias a cortar ese árbol, te ofrezco dos monedas de oro.

- ¿Quién me las dará?

- Yo mismo.

- ¿Cuándo?

- Cada mañana, cuando despiertes.

El hombre bajó el hacha y regresó a casa. A la mañana siguiente, un mendigo enmascarado llamó a su puerta, le dio dos monedas de oro y se marchó rápidamente.

Al día siguiente, el hombre se levantó temprano y esperó al mendigo. Pero lo esperó en vano. Nadie le llevó las dos monedas de oro prometidas.

El hombre se enfadó muchísimo, cogió su pesada hacha y corrió hacia el árbol. Allí encontró al diablo en su forma humana, y el diablo le dijo:

- ¿Qué vas a hacer con esa hacha?

- ¡Voy a cortar el árbol!

- No. Ya no eres capaz de cortarlo.

El hombre levantó el hacha. El diablo la tocó con un solo dedo y la tiró. Después empujó al hombre, que se rompió la espalda al golpearse contra un muro, y estuvo a punto de morir.

¿Quién eres? – preguntó -. ¿De dónde procede esa fuerza sobrenatural?

- De las monedas que has aceptado. Cuando quisiste cortar el árbol para proteger el verdadero culto de Dios, no podía hacer nada contra ti. Pero cuando has querido cortarlo porque estabas enfadado a causa de las monedas de oro que no has recibido esta mañana, has caído en mis manos. Y por eso te he machacado.


domingo, 7 de octubre de 2012

Buena suerte o mala suerte




Había una vez un hombre que vivía con su hijo en una casita en el campo. Se dedicaba a trabajar la tierra y tenía un caballo para la labranza y para cargar los productos de la cosecha, era su bien más preciado. Un día el caballo se escapó saltando por encima de las bardas que hacían de cuadra. El vecino que se percató de este hecho corrió a la puerta de nuestro hombre diciéndole:

-Tu caballo se escapó, ¿qué harás ahora para trabajar el campo sin él? Se te avecina un invierno muy duro, ¡qué mala suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Quién lo sabe.

Pasó algún tiempo y el caballo volvió a su redil con diez caballos salvajes con los que se había unido. El vecino al observar esto, otra vez llamó al hombre y le dijo:

-No solo recuperaste tu caballo, sino que ahora tienes diez caballos más, podrás vender y criar ¡Qué buena suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Quién lo sabe.

Más adelante el hijo de nuestro hombre montaba uno de los caballos salvajes para domarlo y cayó al suelo partiéndose una pierna. Otra vez el vecino fue a decirle:

-¡Qué mala suerte has tenido! Tu hijo se accidentó y no podrá ayudarte, tu eres ya viejo y sin su ayuda tendrás muchos problemas para realizar todos los trabajos.

El hombre, otra vez lo miro y dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Quién lo sabe.

Pasó el tiempo y en ese país estalló la guerra con el país vecino de manera que el ejército iba por los campos reclutando a los jóvenes para llevarlos al campo de batalla. Al hijo del vecino se lo llevaron por estar sano y al de nuestro hombre se le declaró no apto por estar imposibilitado. Nuevamente el vecino corrió diciendo:

-Se llevaron a mi hijo por estar sano y al tuyo lo rechazaron por su pierna rota. 
¡Qué buena suerte has tenido!

Otra vez el hombre lo miró diciendo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Quién lo sabe.

¿Cómo ves tú tu suerte?

sábado, 6 de octubre de 2012

El valor de un anillo



“Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa, que no tengo fuerzas para hacer nada. Todos me dicen que soy una calamidad, que no sirvo para nada, que no hago nada bien, que soy bastante tonto... ¿Cómo puedo mejorar?...¿Qué puedo hacer para que me valoren más?”

El maestro, sin mirarle le dijo:

- “!Cuánto lo siento, pequeño saltamontes. No puedo ayudarte, porque debo resolver primero mi propio problema. Si quisieras ayudarme tú a mí, podría resolver el tema con más rapidez y luego, tal vez te pudiera ayudar.”.

- “Encantado”– titubeó el muchacho, aunque una vez más sintió que volvía a ser desvalorizado y vio sus necesidades otra vez postergadas.

- “Bien”, asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique izquierdo y dándoselo al chico, agregó:

- “Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debes vender este anillo y trata de obtener por él la mayor suma posible, pero nunca aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas”

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con cierto interés, hasta que decía el precio que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, unos se reían, otros daban media vuelta hasta que un viejito le explicó que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio del anillo.

Después de ofrecer la joya a más de cien personas y abatido por su fracaso, montó en el caballo y regresó. Entró en la habitación y dijo:

- Maestro lo siento... no pude conseguir lo que me pediste. Tal vez podría conseguir dos o tres monedas de plata, aunque no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo”.

- “!Qué importante lo que dijiste, pequeño saltamontes”- contestó sonriente el maestro. “Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto daría por él. A pesar de todo lo que te ofrezca, nunca se lo vendas. Regresa aquí de nuevo con el anillo”.

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo. Lo miró con lupa, lo pesó y luego le dijo:

- “Dile al maestro, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro”.

- ¿58 monedas ??? Exclamó el joven.

- “Sí”- replicó el joyero- Sé que con el tiempo, podríamos obtener hasta 70, pero nunca si la venta es urgente.

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

- “Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo. Tú eres como este anillo: una joya valiosa y única y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida, pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?.

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.


¿Y tú dónde buscas tu valor?