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sábado, 29 de septiembre de 2012

Dejarse absorver



Un arroyo, desde su nacimiento en las lejanas montañas, después de atravesar todo tipo de paisajes, alcanzó por fin las arenas del desierto. Igual que había cruzado todas las demás barreras, el arroyo trató también de cruzar esta, pero se encontró que en cuanto se adentraba en la arena, sus aguas desaparecían.

Sin embargo, estaba convencido de que su destino era cruzar ese desierto, y de que a la vez no había manera de cruzarlo. Entonces una voz oculta, que salía del mismo desierto, le susurró:

“El viento cruza el desierto, e igualmente puede hacerlo el arroyo”.

El arroyo objetó que estaba arremetiendo contra la arena, pero que sólo estaba siendo absorbido; que el viento podía volar y que gracias a esto podía atravesar el desierto.

- “Arremetiendo de tu manera habitual no podrás atravesarlo. Desaparecerás o te convertirás en una marisma. Debes dejar que el viento te lleve a tu destino.”

- “¿Pero cómo puede esto suceder?”.

- “Dejando que el viento te absorba”.

Esta idea no era aceptable para el arroyo. Después de todo, nunca antes había sido absorbido. No quería perder su individualidad, y una vez que la hubiese perdido, ¿cómo iba a saber que podría volver a recuperarla?

- “El viento”, dijo la arena, “cumple esa función. Evapora el agua, la transporta a través del desierto, y después la vuelve a dejar caer. Al caer en forma de lluvia, el agua se vuelve a convertir en un río”.

- “¿Cómo puedo saber que esto es verdad?”

- “Así es, y si no me crees, no podrás convertirte más que en un cenagal, e incluso eso te costará muchos, muchos años; e indudablemente no es lo mismo que un arroyo”.

- “¿Pero, no puedo seguir siendo el mismo arroyo que soy hoy?”

- “No puedes seguir así en ningún de los casos”, dijo el susurro. “Tu parte esencial es transportada y vuelve a formar un arroyo. Tú recibes el nombre que tienes, incluso hoy, porque no sabes qué parte de tí es la esencial.”

Cuando el arroyo escucho esto, comenzó a resonar un cierto eco en sus pensamientos. Débilmente, recordó un estado en el cual él - ¿o era una parte de él? - había sido sostenido en los brazos del viento. También recordó - ¿lo recordó? - que esto era lo que realmente había que hacer, aunque no necesariamente lo más obvio.

Y el arroyo hizo ascender su vapor hacia los acogedores brazos del viento, que suavemente y con facilidad le llevaron hacia arriba y a lo lejos, dejándole caer suavemente en cuanto alcanzó la cima de la montaña, muchos, muchos kilómetros más allá.

Y como había abrigado sus dudas, el arroyo fue capaz de recordar y grabar con más fuerza en su mente los detalles de la experiencia.

Él reflexionó.

- “Sí, ahora he conocido mi verdadera identidad”.

El arroyo estaba aprendiendo. Pero las arenas susurraron:
- “Nosotras lo sabemos, porque lo vemos suceder un día tras otro y porque nosotras, las arenas, nos extendemos desde la orilla del río por todo el camino hasta la montaña”.

Y por eso se dice que el camino por el que el arroyo de la vida tiene que continuar su viaje, está escrito en las arenas.


Osho


miércoles, 22 de agosto de 2012

CASI COMPLETAMENTE CALVO



Un hombre con tres pelos en la cabeza –estaba casi completamente calvo– entró en una peluquería y pidió que le lavaran la cabeza y le peinaran. El peluquero empezó a hacer su trabajo pero, justo cuando estaba acabando de peinarlo, se cayó uno de los pelos. 

El peluquero estaba muy avergonzado, pero el hombre dijo: “Bueno, ¿Qué se le va a hacer? ¡Supongo que tendré que peinarme con raya en medio¡” 

El peluquero peinó muy cuidadosamente uno de los pelos hacia la derecha, y estaba a punto de peinar el otro pelo hacia la izquierda cuando también se cayó. El peluquero no paraba de disculparse, pero el hombre se lo tomó con mucha calma: “Bueno –dijo–, creo que ahora tendré que ir por ahí con todo el pelo peinado hacia atrás”. 

Esto es aceptación total¡ No puedes alterar a un hombre así. Siempre está satisfecho, siempre encuentra el modo de estar contento. Es un gran arte. Y un hombre que encuentra el modo de estar contento es capaz de ver las cosas con transparencia. 

El descontento nubla tus ojos y tu visión; la satisfacción despeja la niebla de tus ojos y aclara tu visión. Tu mirada traspasa, puedes ver a través, puedes comprender las cosas como son. 

Origen: India. Libro “Buda, su vida y enseñanzas”, Osho, Gaia Ediciones.

domingo, 19 de agosto de 2012

LATA DE FRUTA



Una mujer compró una lata de fruta, pero no podía abrirla. No sabía abrirla. De modo que corrió a su estudio para mirar en el libro de cocina. Para cuando encontró el libro de cocina y halló la página y la referencia, y volvió corriendo, su sirviente ya había abierto la lata.

Ella le preguntó:
  • -  Pero ¿Cómo lo has hecho?

  • -  Señora, cuando uno no puede leer, tiene que usar su mente –dijo el sirviente. 

domingo, 3 de junio de 2012

El ciego y el cojo



En un bosque cerca de la ciudad vivían dos vagabundos. Uno era ciego y otro cojo; durante el día entero en la ciudad competían el uno con el otro. Pero una noche sus chozas se incendiaron porque todo el bosque ardió.

El ciego podía escapar, pero no podía ver hacia donde correr, no podía ver hacia donde todavía no se había extendido el fuego. El cojo podía ver que aún existía la posibilidad de escapar, pero no podía salir corriendo - el fuego era demasiado rápido, salvaje- , así pues, lo único que podía ver con seguridad era que se acercaba el momento de la muerte.

Los dos se dieron cuenta que se necesitaban el uno al otro. El cojo tuvo una repentina claridad: "el otro hombre, el ciego, puede correr, y yo puedo ver". Olvidaron toda su competitividad.

En estos momentos críticos en los cuales ambos se enfrentaron a la muerte, necesariamente se olvidaron de toda estúpida enemistad, crearon una gran síntesis; se pusieron de acuerdo en que el hombre ciego cargaría al cojo sobre sus hombres y así funcionarían como un solo hombre, el cojo puede ver, y el ciego puede correr. 

Así salvaron sus vidas. Y por salvarse naturalmente la vida, se hicieron amigos;dejaron su antagonismo. Zorba está ciego- no puede ver-, pero sabe bailar, cantar, regocijarse. Buddha ve, pero él solo puede ver, pero no puede bailar, no puede cantar ni regocijarse. Ya es hora.... El mundo está en llamas. La vida de todos está en peligro. El encuentro del Zorba con el Buddha puede salvar a toda la humanidad. Su encuentro es la única esperanza.


viernes, 1 de junio de 2012

El ciego y el lampar



Cuando un ciego se despedía de su amigo, éste le dio una lámpara. 

“Yo no preciso de la lámpara, pues para mí, claridad u oscuridad no tienen diferencia” -dijo el ciego. 

“Conozco al respecto, pero si no la lleva, tal vez otras personas tropiecen con usted” -dijo su amigo. 

-"Está bien" 

Luego de caminar en la oscuridad tropezó con otra persona.... 

-“¡Huy!”-dijo el ciego. 

-“¡Hay!” -dijo la persona chocada por el ciego en la oscuridad. 

-“¿Usted no vio esta lámpara?” -dijo enojado el ciego. 

-“¡Amigo! Su lámpara estaba apagada”


jueves, 31 de mayo de 2012

El ladrón y la luna




Un hombre sabio vivía en una cabaña al pie de una montaña. 

Cierta noche, un ladrón entró en la choza, sólo para descubrir que allí no había nada que robar. 

El sabio volvió entonces y lo sorprendió.

—Tal vez hayas hecho un largo camino para visitarme —le dijo al ladrón— y no debes irte con las manos vacías. Por favor, acepta mi ropa como regalo.

El ladrón quedó desconcertado, tomó la ropa y se fue sin decir nada. El sabio, desnudo, se sentó a mirar la luna.

—Pobre hombre —pensó—. Ojalá pudiera darle esta hermosa luna.

Osho

lunes, 2 de abril de 2012

EL ELEFANTE Y LA RATA



Se hallaba un elefante bañándose tranquilamente en un remanso, en mitad de la jungla, cuando, de pronto, se presentó una rata y se puso a insistir en que el elefante saliera del agua. 

 «No quiero», decía el elefante. «Estoy disfrutando y me niego a ser molestado».

«Insisto en que salgas ahora mismo», le dijo la rata. 

 «¿Por qué?», preguntó el elefante. 

«No te lo diré hasta que hayas salido de ahí», le respondió la rata. 

 «Entonces no pienso salir», dijo el elefante.

Pero, al final, se dio por vencido. Salió pesadamente del agua, se quedó frente a la rata y dijo:«Está bien; ¿para qué querías que saliera del agua?». 

 «Para comprobar si te habías puesto mi bañador», le respondió la rata.  

 Es infinitamente más fácil para un elefante ponerse el bañador de una rata que para Dios acomodarse a nuestras doctas ideas acerca de Él.  


lunes, 26 de marzo de 2012

El árbol y sus ramas

...He oído contar la historia de un antiguo y majestuoso árbol, cuyas ramas se extendían hacia el cielo. Al llegar la estación de las flores, mariposas de todas las formas, tamaños y colores, bailaban a su alrededor. Las aves de países lejanos se le acercaban y cantaban cuando florecía y daba frutos. Las ramas, como manos extendidas, bendecían a todos los que acudían a sentarse bajo su sombra. Un niñito solía venir a jugar junto a él y el gran árbol se encariñó con el pequeño. El amor entre lo grande y lo pequeño es posible, si el grande no es consciente de su grandeza. El árbol no sabía que era grande, sólo el hombre es consciente de eso. La prioridad de lo grande siempre es el ego, pero para el amor nadie es grande o pequeño. El amor abraza a quienquiera que se le acerque. Así, el árbol comenzó a sentir amor hacia ese pequeño que solía ir a jugar cerca de él. Sus ramas eran altas, pero las inclinaba hacia el niño, de modo que pudiera recoger sus flores y sus frutos. El amor siempre cede; el ego nunca esta dispuesto a inclinarse. Si te acercas al ego, sus ramas se estirarán aún más hacia lo alto; se pondrá rígido para que no puedas alcanzarlo.

sábado, 24 de marzo de 2012

Historia de las arenas



Un arroyo, desde su nacimiento en las lejanas montañas, después de atravesar todo tipo de paisajes, alcanzó por fin las arenas del desierto.

Igual que había cruzado todas las demás barreras, el arroyo trató también de cruzar esta, pero se encontró que en cuanto se adentraba en la arena, sus aguas desaparecían.  Sin embargo, estaba convencido de que su destino era cruzar ese desierto, y de que a la vez no había manera de cruzarlo. Entonces una voz oculta, que salía del mismo desierto, le susurró: “El viento cruza el desierto, e igualmente puede hacerlo el arroyo”.

El arroyo objetó que estaba arremetiendo contra la arena, pero que sólo estaba siendo absorbido; que el viento podía volar y de que gracias a esto podía atravesar el desierto.

“Arremetiendo de tu manera habitual no podrás atravesarlo. Desaparecerás o te convertirás en una marisma. Debes dejar que el viento te lleve a tu destino.”

“¿Pero cómo puede esto suceder?”. “Dejando que el viento te absorba”.

Esta idea no era aceptable para el arroyo. Después de todo, nunca antes había sido absorbido. No quería perder su individualidad, y una vez que la hubiese perdido, ¿cómo iba a saber que podría volver a recuperarla?

“El viento”, dijo la arena, “cumple esa función. Evapora el agua, la transporta a través del desierto, y después la vuelve a dejar caer. Al caer en forma de lluvia, el agua se vuelve a convertir en un río”. “¿Cómo puedo saber que esto es verdad?”

“Así es, y si no me crees, no podrás convertirte más que en un cenagal, e incluso eso te costará muchos, muchos años; e indudablemente no es lo mismo que un arroyo”.

“¿Pero, no puedo seguir siendo el mismo arroyo que soy hoy?” “No puedes seguir así en ningún de los casos”, dijo el susurro.

“Tu parte esencial es transportada y vuelve a formar un arroyo. Tú recibes el nombre que tienes, incluso hoy, porque no sabes que parte de ti es la esencial.”

Cuando el arroyo escucho esto, comenzó a resonar un cierto eco en sus pensamientos. Débilmente, recordó un estado en el cual él —¿o era una parte de él?— había sido sostenido en los brazos del viento. También recordó —¿lo recordó?— que esto era lo que realmente había que hacer, aunque no necesariamente lo más obvio.

Y el arroyo hizo ascender su vapor hacia los acogedores brazos del viento, que suavemente y con facilidad le llevaron hacia arriba y a lo lejos, dejándole caer suavemente en cuanto alcanzó la cima de la montaña, muchos, muchos kilómetros más allá. Y como había abrigado sus dudas, el arroyo fue capaz de recordar y grabar con más fuerza en su mente los detalles de la experiencia. Él reflexionó. “Sí, ahora he conocido mi verdadera identidad”.  

El arroyo estaba aprendiendo. Pero las arenas susurraron: “Nosotras lo sabemos, porque lo vemos suceder un día tras otro y porque nosotras, las arenas, nos extendemos desde la orilla del río por todo el camino hasta la montaña”. Y por eso se dice que el camino por el que el arroyo de la vida tiene que continuar su viaje, está escrito en las arenas. 



miércoles, 18 de enero de 2012

Vivir peligrosamente



Había dos templos rivales. Los dos maestros —probablemente sólo se trataba de supuestos maestros; en realidad, debían ser sacerdotes y estaban tan en contra el uno del otro que le dijeron a sus seguidores que no debían mirar nunca hacia el otro templo.  

Cada sacerdote tenía un niño a su servicio para traerle cosas o hacer los recados. El sacerdote del primer templo le dijo a su niño sirviente: —No hables nunca con el otro chico. Esa gente es peligrosa. Pero los niños son niños. 

Un día se encontraron en la carretera, y el niño del primer templo le preguntó al otro: 
¿Adónde vas? 

El otro le dijo: 
A donde me lleve el viento. Una gran declaración. 

Pero el primer niño estaba muy avergonzado y ofendido porque no había encontrado ninguna respuesta a esto. Estaba triste y enfadado, y también le remordía la conciencia. Mi maestro me ha dicho que no debía hablar con esa gente. Esa gente es realmente peligrosa. Pero ¿qué clase de respuesta es ésa? Me ha humillado. Fue a su maestro y le dijo lo que había ocurrido:

—Siento haber hablado con él. Tenías razón, son raros. ¿Qué clase de respuesta es ésa? Yo le pregunté: «¿Adónde vas?» una pregunta sencilla, normal y sabía que estaba yendo al mercado igual que yo. Pero me contestó: «A donde me lleve el viento.» El maestro le dijo:

—Te había advertido, pero no me has hecho caso. Mira, mañana te vuelves a colocar en el mismo sitio. Cuando llegue él, le preguntas: -«¿Adónde vas?», y él dirá: «A donde me lleve el viento.>~ Entonces, tú también tienes que ser un poco más filosófico y decirle: «¿Y si no tienes piernas?» —porque el alma es incorpórea y el viento no se puede llevar al alma a ningún sitio, entonces, ¿qué harás?» 

 El niño quería estar absolutamente preparado; se pasó toda la noche repitiéndolo. A la mañana siguiente se marchó muy pronto hacia el lugar, se colocó en el mismo sitio, y a la misma hora volvió a aparecer el otro niño. Estaba muy contento, ahora le iba a enseñar qué es la verdadera filosofía. Así que le preguntó:

—¿Adónde vas? —Y se quedó esperando. El niño dijo:

—Voy al mercado a comprar verduras. Y ahora, ¿de qué le servía la filosofía que había aprendido?

La vida es así. No puedes prepararte, no puedes estar listo. Ésa es su belleza, ése es el misterio, que siempre te coge de sorpresa, siempre llega de sorpresa.Cada momento es una sorpresa y no se puede aplicar una respuesta premeditada.


lunes, 16 de enero de 2012

Osho: pepitas de oro



Mira sólo a los animales, los pájaros,

nadie está preocupado,

nadie está triste ni frustrado.


No ves un búfalo con ataques de ira.

Está perfectamente a gusto masticando el pasto,

igual que todos los días...

¡Parece casi un iluminado!

No tiene tensiones,

está en una tremenda armonía con la naturaleza, consigo mismo y con

todo tal como es.


Los búfalos no hacen partidos

para revolucionar el mundo;

para convertir a los búfalos en súper búfalos;

para hacer a los búfalos religiosos y virtuosos.

Ningún animal está interesado en las ideas humanas.


Y todos ellos deben estar riendo.

¿Qué es lo que te ha sucedido?

¿Por qué no puedes ser simplemente tú mismo cómo eres?

¿Cuál es la necesidad de ser otro?


Así es que lo primero es

la aceptación de ti mismo.

En lugar de juzgarte,

empieza a celebrarte con todas tus imperfecciones,

tus fragilidades, errores, fallas.


No te pidas ser perfecto.

Eso es simplemente pedir lo imposible

que te hará sentir frustrado.

Después de todo, eres un ser humano.


-Osho-