lunes, 3 de diciembre de 2012

El hipócrita



Uno de estos hijos era muy bondadoso, en tanto que el otro sólo había demostrado interés por el padre cuando necesitaba algo de él. El hijo bondadoso había cuidado con enorme cariño a su padre cuando estaba enfermo, en tanto que el otro hijo se había despreocupado de él por completo.

Cuando iba a morir hizo testamento en un pliego de papel, señalando que el ochenta por ciento de la herencia sería para el hermano bondadoso y sólo el veinte por ciento para el otro hermano. Pero he aquí que, por los caprichos imprevisibles del destino, una jarra de manteca clarificada cayó sobre el pliego del papel tras la muerte del anciano y los nombres de los hijos no eran visibles.

El hijo egoísta, gimoteando, fue al juez para decir que a él le habían dejado el ochenta por ciento de la herencia, porque había sido siempre un hijo modelo. Pero el juez no sabía que determinación tomar. Así que decidió no tomar ninguna resolución hasta que viese el asunto más claro.

Llegó el día del entierro. Como el anciano era muy querido, todas las gentes del pueblo asistieron al sepelio. El hermano bondadoso caminaba en silencio, sin aspavientos, sufriendo íntimamente su dolor; pero el hermano hipócrita daba gritos desgarradores, se golpeaba en el pecho y se desplomaba contra el suelo de vez en cuando para que los asistentes creyeran que sufría mucho.

Cuando el cadáver fue puesto sobre la pira funeraria, ambos hermanos comenzaron a llorar. Entonces sucedió un suceso portentoso: las lágrimas del hermano bondadoso se fueron convirtiendo en pétalos y los del hermano egoísta en piedras. Ni que decir tiene que a partir de ese momento el juez encontró elementos fiables con los que juzgar.

No hay hipócrita 
tan perfectamente hipócrita 
que no quede antes o después 
al descubierto.


No hay comentarios:

Publicar un comentario